Archivo mensual: octubre 2011

La meta no es un dónde.

A veces, los músicos sonamos. Sonamos en el local de ensayo, sonamos sobre un escenario, sonamos en el lector de cd de vehículos o electrodomésticos, en los auriculares de algún reproductor de algún formato de alguna marca, y, si tenemos suerte, sonamos aun sin que nada de ello esté usando electricidad. Sonamos cuando todo está apagado, sonamos en alguna boca que a veces hace que sonemos en algún oído, sonamos a veces en el oído de al lado suyo. Sonamos en la cabeza del que pasea uno de sus sentidos por las calles y paredes de un barrio que es más bien tres de esas letras, a veces unas, a veces otras, y se atreve a leer en los carteles, y a veces le sonamos. Sonamos porque el sonido se transmite, y, como en un nódulo nervioso o de línea eléctrica, es reimpulsado. Y, si hemos tenido suerte, mucha suerte, o nos hemos rodeado de ella y la hemos tratado como es debido, podemos ver que sonamos.


Y, a veces, los músicos soñamos. Soñamos con un local de ensayo, soñamos con un escenario, soñamos con una sola persona estrechándonos la mano o con miles de manos apludiendo. Soñamos mientras tocamos y por eso nos descuadramos del metrónomo, soñamos y no sabemos qué cara poner ni a dónde mirar mientras soñamos, soñamos con la frase, la de la pregunta y la de la respuesta, soñamos con ir en un autocar, o al menos en una furgoneta en la que ponga nuestro logo y no el de la empresa que nos la alquila. Soñamos con poder tocar hasta agotar las memorias de los aparatos grabando, soñamos con compartir escenario, conversación y canciones con quien habíamos soñado con tocar. Soñamos con no ver el final del público, pero saber que todos y cada uno de vosotros estáis soñando cerca nuestro. Soñamos con bajar del escenario y deciros que estábamos soñando, escucharos soñar, abrir los ojos y ver un vídeo en el que aparecemos, soñando con estar donde ahora estamos.

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Antes de tomar tierra, termina el ancla.

Sea como sea, que sabemos cómo ha sido, ya nos hemos puesto otra vez a un mes de la grabación. Sin comerlo ni beberlo, que nos lo hemos comido y bebido, nos toca estar preparados para otra ronde de cables, metrónomos, tomas, y severos pensamientos de “¿y si cambiamos este riff?”. Tranquilos, no os voy a contar lo que ya habéis sabido por medio del fanzine que todos cogísteis en La Boite, o que podéis ver o haber visto en “Crónicas desde el estudio” (a la derecha, y ya no hay más pistas), pero sí os voy a ir poniendo en tesitura para que sepáis lo que pasa un mes antes de entrar al estudio.

Lo primero, aclarar: aunque se llame estudio, es el último lugar donde se debe estudiar, hay que traerlo bien bien estudiadito todo de meses de local y partidos de ping-pong en los oídos de Iñaki. Aquí se viene a ejecutar, lo que pasa es que llamarlo ejecutorio no vende, y menos llamarlo “tocatorio” por lo de tocar. De esa manera no conseguiríamos atraer a músicos, o no los atraeríamos con intención de grabar.

Así que viene el siguiente problema, que es lo que hemos aprendido después de estudiar. ¿Recordáis esos profesores que apuraban al máximo el temario para que entrara más en el examen? Pues los noiah no íbamos a ser menos, y seguimos sacando cositas, arreglos, detalles… mejorando lo presente. Hay que dejar la canción fina filipina, y, para eso, hay que fomentar el feedback entre ella y los músicos.

“¿Lo qué?”, se preguntará alguno y más de uno. Pues que, una vez compuesta, la canción pide cosas, así son, no suficiente con ser creados, encima son exigentes. Han salido a sus progenitores. La escuchas, y oyes como a esta parte le pega más una guitarra más suave, a esta otra un bajo más nasal, y en esta batera se debería apalear los platos con un jamón de recebo. O, lo que es lo mismo: ” Esto quedaría guay si lo canta Barry White”. Simplemente, hay cosas que no pueden ser. Para todo lo demás, ya os llamaremos.